Álvaro Mata Guillé

viernes, 23 de noviembre de 2012

En homenaje a Antidio Cabal

Periódico "Tal cual". Caracas, Venezuela.

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Chavela Vargas: la legión de las exiliadas

Cuando niña, contaba Chavela Vargas, que al ir a la iglesia para escuchar la misa, el cura al verla le gritaba: “fuera de aquí engendro del demonio”, tenía diez años y esto ocurría en un poblado perdido de Costa Rica. Chavela, como tantas costarricenses que se han ido, pertenece a la legión de las exiliadas (Ninfa Santos, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, etc.) que sólo vuelven si lo hacen, cuando mueren.

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ABBAPALABRA 2011

Peer Gynt: frivolidad de la indiferencia

Por Álvaro Mata Guillé


Buscarse a sí mismo: proceso por el que transcurren las culturas en su relación con el entorno, pregunta del quiénes somos, que se filtra como constante en los anales de la sociedad, en sus manifestaciones, sus encuentros; sed de saberse –palparse, verse, sentirse– que intenta dar sentido al existir y explicar el qué y el por qué de la vivencia; cuerpo que al percibirse, vuelca su mirada sobre el acaecer y el instinto, sobre la necesidad que al reencontrarse con su ajenidad, descubre al otro y se descubre, devela su alrededor y se devela, desnuda sus carencias y las recubre escondiéndose en normas y principios; pálpitos del ser ante el vértigo que enfrenta el límite, ante el abismo que se ensancha en nuestro interior y hace que las cosas –las que nos rodean e intentamos explicar, las que presienten la realidad– se desvanezcan en la incertidumbre. Deseo de ser y estar, que cambia dudas por fórmulas, titubeos por creencias, temores por fantasmas, que se reproducen en las reseñas que conforman la historia, que al narrarlas reiteran el ahora y aquí preguntándose por lo que hemos sido y seremos: sueños con sus traumas y desconfianzas, anhelos con sus pesadillas y atavismos, sometidos a la quietud de lo eterno, a la inmovilidad de lo cotidiano, a la convención que aplaca el desasosiego perdiéndose en la noche. Buscarse a sí mismo: diálogo que se transmite de una generación a otra, de un pueblo a otro, reproduciendo símbolos, emociones, traumas que dan forma a la memoria, a los vínculos, a las culturas.

Tres épocas narran la vida de Peer Gynt: su adolescencia entre el delirio de la fiesta, la borrachera y las relaciones con los duendes, presencias que como él, cohabitan con las sombras; la del cincuentón traficante de ídolos y venta de esclavos, el mercader que intenta lavar su conciencia sin lograrlo exportando misioneros, la del viejo que huye de sí mismo y de todo, retornando sin nada a la comarca, a la casa del bosque habitada por Solveit, su antigua novia, poseída por un delirio que convive en lo eterno. Secuencias que nos permiten conocerlo y conocernos, pues aproximarnos a sus obsesiones, a sus respuestas o caprichos, nos hace volver los ojos a nuestra interioridad, preguntándonos junto a él, como lo hacemos con los personajes de los poemas o novelas, sobre el misterio del entorno, inquiriendo a su vez en los conformismos y renuncias que dan forma a lo cotidiano.

Peer Gynt transita de un lugar a otro, de una circunstancia a otra en conversación permanente con las presencias que lo atemorizan –duendes, demonios, sombras– como un recuerdo atávico cercano a la reminiscencia, al arquetipo. Diálogo entre sordos y mudos, puesto que ni Peer ni los duendes –ni las presencias, ni las sombras, ni los recodos– se escuchan. ¿Qué dicen los duendes, qué dicen las visiones afincadas en la penumbra que persiguen a Peer? Más que decir, más que hablar, su presencia nos recuerda que sabemos poco, que lo que creemos tener no lo tenemos, porque al polvo sólo le pertenece el polvo. ¿Qué dice Peer, de qué reflexiona, qué lo atormenta o desea? Más que conversar, más que meditar, se escapa en el palabreo, en la diatriba, en la complacencia, en su egotismo, como lo hacemos todos en esta época sin dioses ni presencia en un cosmos vacío, cuando al aproximarnos al abismo lo evadimos, alejándonos envanecidos como fantasmas, que evitan encontrarse con dicotomías y contradicciones, que evitan reconocer la monstruosidad que nos forja, el miedo que moldea nuestros secretos, nuestras perspectivas que soslayan la nada. Detrás de Peer, viene –lo persigue, lo acosa– una estela de olvido que lo acompaña, que lo posee junto a su ineptitud, la que tenemos todos también al enfrentar la vivencia en sus límites, al enfrentar la rutina sabiéndonos transitorios y solos, cotidianidad que transformamos para esquivarla –para huir de ella y dejar de ver la sombra en el espejo– en monotonía alejada del abismo.

Con Peer Gynt –lo mismo que sucede en nuestra época supeditada a la supremacía de lo inútil–, desaparece el sentido que nos ha dado sentido y hay que volver a empezar, porque todo desaparece cuando las imágenes que nos dan referencia se diluyen, cuando las culturas se vacían (sus símbolos, sus emociones, su razón de ser) y la búsqueda, la que él inicia sentado en los montes o rodando por la nieve, se apaga como un vislumbre en la frivolidad, en la sociopatía de la convención y la costumbre, en el conformismo del olvido de sí mismo, dando lugar a un espejo sin espejo que enrarece el lenguaje haciéndonos regresar a la barbarie, al lugar de la bestia, al lugar sin lenguajes.

Peer, al final de sus días, redescubre el rostro sin rostro de sí: el viejo insulso que al bastarse a sí mismo consumido en la frivolidad, niega el titubeo evadiéndose en un monólogo insípido que evita contemplar la extrañeza, las bifurcaciones de pus en su rostro, en el rostro del otro: ajenidad de nuestro tránsito de una noche a otra, sabiendo que no hay otro lugar, ni otros sitios, sabiendo que no hay respuestas. Parlamento autista del viejo que rehúye el motivo inicial de sus preguntas y las traiciona: la búsqueda de sí mismo, el percibirse en su propio eco, son sustituidos por el accionar de la indiferencia, por un cinismo vacío, que rehúye el reencuentro, la cercanía, la comunión, rehúye de sí. Pérdida de tradición y memoria, de vínculos. Pérdida y olvido de sí mismo.

***

La poesía, la danza o el teatro, en sus inicios, eran medios que ayudaban a preservar la memoria, conclusiones efímeras que recordaban, a través de las voces de los ancestros hechas personajes, frases o cantos, el acontecer entremezclado a los dejos de la efeméride, permitiendo la revisión del lenguaje, de los signos en los símbolos y los mitos inmersos en la realidad, deletreando –revisando, redescubriendo– la silueta borrosa del entorno –sus formas, sus violencias, sus conciliaciones–, unidas al cuerpo y su intimidad. Comunión con la metáfora, con el símil que busca llegar al absoluto, un volver a ser que sabe que no es y se pierde en sí mismo, pero al perderse descubre el rostro del otro, su propio rostro. Soledad que se reencuentra reducida a sus límites y se pregunta, asumiendo su orfandad, hablando sin hablar con lo otro que nos vincula nuevamente a lo que somos: ambigüedad plural de lo singular, animalidad recubierta de gritos hechos lenguaje.

A través de la poesía –el teatro, la música, la danza– las sociedades hablan, luchan contra el óxido que las humedece y los nudos que las amarran, contra la flacidez y la parálisis del lenguaje e intentan ser lo que son: un volver, un acto que persigue liberarse, la búsqueda que deja de lado la convención y confronta al olvido, volviendo a sus vínculos que se relacionan con hilos que intentamos atrapar, simetrías intrínsecas de secretos que no son secretos, que permanecen al acecho como una luz que parpadea, como un fantasma que se arropa en la emotividad de su propio sentir, explorando las formas del lenguaje, los horizontes ocultos del ser, el existir en la experiencia, en su tránsito, en su abismo, en su noche. Sentido opuesto a la indiferencia y frivolidad de Peer Gynt, al abandono, vaciamiento y conformismo de nuestras sociedades, al aquí y ahora que forjan lo inútil de nuestra época.

***

Como un contrapunto, Solveit la adolescente enamorada que transforma a Peer en un sueño, se sienta a esperar, consumida por un anhelo que se posa en lo eterno, ilusión que espera sin esperar alimentada por un recuerdo que regresa: es el pasado que se hace presente y se petrifica en el ahora. Solveit se encierra en el bosque, acompañada por los seres que lo habitan con sus transparencias y así presentimos sus llantos y el rubor de la tiniebla que la rodea, su conversación a solas dejando que el tiempo trascurra recubriendo las paredes como el hollín tirado junto a las hojas del piso y la efeméride. El pasado se repite como una constante que paraliza el acontecer, sumido en la puerilidad de un anhelo, en una ilusión que no crece: en su espera Solveit habla con los árboles, con las basuras que empozan el camino, con las penumbras que socaban la nieve. Solveit no se busca, se basta a sí misma en la imposibilidad de lo eterno, en la piedra de sí misma, consumida en la esperanza que no mira el presente: su mirada prevalece en el recuerdo petrificado del otro, sobre el cuerpo que yace en las sombras y el amarillo gris que invade la estela yerta que se cierra en los ojos, poseída por el ensueño que posterga la realidad, la manipula, la corrompe, mostrando la piel sin su pus, sin su brillo y sus carcomas. Aún así, Solveit no vive sola, le acompaña la muerte, la muerte de sí misma en el ensueño, atisbo que entreteje lo eterno, paraliza el lenguaje y transforma en mutismo al cuerpo, vida que se aquieta en la vida paralizado el tiempo encerrado en una ilusión, quietud transformada en razón de ser, en vivencia, en la eternidad del absoluto (amor, ilusión, ensueño, familia) que nos hace perecer.

Al final de sus días que vuelven a la sombra, Peer Gynt hace revisión de los hechos, de algunos pensamientos que yacen pegados a su rostro hueco de fantasma, cuando casi es un espectro perseguido por espectros y de nuevo lo acosa el titubeo, se reencuentra con los duendes, con la presencia oscura de la serpiente que también lo acosa y de nuevo reaparece la incertidumbre, de nuevo el abismo, el alimento cotidiano de la poesía, el teatro o la danza, que al recordar sumergidos en la duda, nos reencuentran, que al enfrentar la incertidumbre o la inquietud sabiendo que todo es noche, nos concilia.

Pero Peer no busca conciliación, no busca su rostro, huye de la muerte y corre por el páramo, por el silencio frío del bosque y regresa a Solveit, (muerte que se encuentra con la muerte), regreso impregnado de resignación, pretendiendo ser rescatado de las sombras, sin comprender que las sombras nos poseen. Peer Gynt, al final de la obra de Ibsen, ingresa a la antigua cabaña en el bosque bañada de lumbre, ingresa la eternidad detenida en el rubor añejo del recuerdo, a la soledad del monólogo de piedra. Reencuentra a Soviet y su sonrisa afligida, la oda espuria de la espera, sus besos y el aliento de tumba que los une. Sus ojos, los de ambos, detenidos en el tiempo, aferrados al rostro envejecido de las cosas, perecen en la imposibilidad de lo eterno. Ingresan, como nuestro acontecer, como los días que habitan lo cotidiano de nuestro presente, al delirio que huye de sí mismo, entre las voces que cimbran entre voces disgregadas en la nada, el ruido de la nada, el vacío inútil en la sombra, y ahí, en la inmutabilidad de una sonrisa sin rostro, perecen.

(Revista Parteaguas, Instituto Cultural de Aguascalientes, México)

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Del libro: Sobre los fragmentos, a propósito de Wirikuta

cap. 28.

Todo

vuelve al mismo sitio:

la ciudad con el escozor de su brillo,

el rumor que bosqueja el río en los bosques de musgo, alejados del

cielo y el agua de piedra:

el centelleo opaca el sopor en las sombras,

el vislumbre de las luces,

el murmullo empozado en el riachuelo al lado del llanto en el cerco, los pétalos en las nubes y las ramas que cercenan los árboles

y su luto:

la noche está afuera,

es adentro,

permuta en el sigilo de pasos de noche

en los surcos que agrietan el párpado,

en las urnas

en el humo de barro del humo:

(busqué los pájaros en los árboles

y los muertos se habían ido,

solo apareció un perro con cadenas que corría hacia el monte

traspasando el herrumbre que goteaba en las columnas

-los gritos en las puertas,

el rumor en los sepulcros,

en las losas de los nichos clausurados-

golpeando la arena del túmulo de polvo

la ceniza

la sal de la estatua derruida en la nieve,

en los barrotes de la iglesia,

las calles de susurros inundadas por una flor de pétalos de piedra

desmoronándose en los caminos

en los cerros

en la arena del viento)

la noche es afuera,

está adentro,

muta sin mutar en el crepúsculo:

(los árboles

venían detrás de nosotros

con los pájaros

con los grillos,

buscando el nacimiento del eco

y la sangre de un becerro muerto que florecía en el ara en las piedras,

en la lumbre de la sangre en las velas, las manos y uñas del sudor del lodo en la carne y el altar del sacrificio,

junto a los venados

que veían los rezos

y ofrendas,

en ese lugar

donde nace el sol

y la sombra baña la espalda del cerro

y lo quema,

donde nace el viento

y las cosas vuelven sin volver

al principio),

la historia,

es bruma, vacío,

el vacío en la sombra,

yo mismo en el umbrío,

en la flor que transparenta en la laguna de piedra,

en el llanto de los pétalos en el árbol,

en el ladrido del perro arrastrando las cadenas en el trecho,

en el monte junto al cerro,

entre huesos y ramas escondidas en las nubes

en los ojos de las urnas:

los insectos ululan en las flores del jardín prohibido,

en el camino hacia la laguna muerta,

en busca de las estrellas de granito:

la vida aquieta la vida

la nada se disgrega en la nada

en la niebla

en el viento.


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